LLEVAR A LOS NIÑOS A TERAPIA ¿Cuándo?

Durante este fin de semana y a raíz del último directo, he recibido varios mensajes preguntándome sobre esta cuestión. Madres que, en cuanto se separaron, directamente llevaron a sus hijos a terapia como medida preventiva.

Otras situaciones en que han visto a los niños “mal” y les han llevado a la psicopedagoga de la escuela para que les ayude.

Y también alguna mamá que está observando conductas disruptivas o inestables en su hija y se está planteando llevarla.

Vamos a ver, como madres, no me cansaré de repetir que lo que más nos preocupa es ver sufrir a nuestros niños y, por lo tanto, en cuanto vemos que eso puede suceder o que está sucediendo enseguida tomamos medidas para “salvarles” con la intención que sufran lo menos posible.

Personalmente y bajo este precepto, seguramente yo también haría lo mismo. Porque como todas las madres lo último que deseo en esta vida es ver a mis hijos pasarlo mal.

Ahora bien, como profesional no soy partidaria de llevar a los niños solos a terapia.

 ¡Ojo! siempre y cuando el motivo sea puramente emocional. Es decir, si existe un trastorno especifico, en casos de diversidad funcional o retrasos en el desarrollo por causas cognitivas que requieren de una intervención psicopedagógica o logopédica técnica, entonces NO hay que esperar ni un día en llevarlos.

La atención temprana y en los casos de necesidades específicas ha demostrado una efectividad enorme y es imprescindible. Tanto como medida preventiva como de tratamiento.

También casos de maltrato psicológico o físico (de la índole que sea) en que los niños necesitan poder exteriorizar lo que les ha sucedido. En estos casos es conveniente la terapia familiar.  A los niños para que les ayude, a través del juego, a sacar lo vivido. Y al adulto que le sostiene para aprender a acompañarle emocionalmente.

Tengamos presente que, habitualmente, la causa de que los niños presenten conductas disruptivas, desafiantes, incluso agresivas. O que se muestren tristes, apáticos y/o evitativos, está dentro del seno familiar.

Niños que viven entre conflictos, discusiones, faltas de respeto. Entre modelos parentales autoritarios o demasiado permisivos o que viven en un entorno de frialdad emocional, donde no hay muestras de amor, de ignorancia mutua, tristeza…o donde simplemente reina la desconexión emocional entre la pareja.

Si estamos cargadas de emociones como la tristeza o la ira. O nos invaden sentimientos de culpa, rencor o angustia ¿Cómo van a estar bien los niños emocionalmente?

Debemos ser conscientes que ir cargadas con estas mochilas interfiere directamente en el vínculo emocional con nuestros hijos. No voy a poder ser una madre presente ni ejercer un modelo educativo adecuado con esta carga.

Y no me vale esa frase de “ellos no notan nada”. Déjame decirte que los niños lo perciben todo. Aunque esté aparentemente “tranquila” o contenida, sentimientos como la culpa, el rencor o la frustración se proyectan en cada interacción, en la comunicación no verbal, a la hora de poner límites y de vincularnos con nuestros hijos en cualquiera de sus formas.

Un niño que “se porta mal” es un niño que emocionalmente no está bien.

Por tanto, antes de llevar al niño a terapia es necesario evaluar cómo estamos nosotras.

He explicado en más de una ocasión que en mi proceso de separación mi hijo mayor lo paso realmente mal. Es un niño introvertido y comenzó a tener ansiedad. Yo hacia todo lo que podía para tranquilizarle: hablaba con él, le ocultaba mi estado de ánimo, delante de él mostraba una aparente normalidad…y como veía que nada de lo que hacía con él funcionaba, llegué a plantearme también llevarle a terapia.

Justo en ese momento se cruzó en mi vida Yvonne Laborda,  alguien que me ayudó a abrir los ojos y a darme cuenta que hasta que yo no estuviera bien, mi hijo tampoco lo estaría. Por mucho que yo me esforzara en ayudarle y aunque delegara esa función a otra persona, mi hijo no se iba a recuperar si yo no era capaz antes de poner el foco en mis propias emociones.

Y así fue, cuanto comencé a trabajar en mí, mi hijo comenzó a cambiar, fue automático. A medida que yo fui estando mejor, él también lo estaba.
Darme cuenta de cuenta de esto fue algo maravilloso, diría que casi mágico.

Pues, de repente, la llave para ayudar a mi hijo estaba en mi mano. De hecho, siempre lo había estado, pero yo no era capaz de verlo. Sanar mis heridas me ayudó a acompañarle mejor y a construir un vínculo con él todavía más fuerte. Verle a él mejor para mí era pura medicina que, a su vez, me ayudaba a estar cada día más estable y más empoderada.

Pero…¿Y qué pasa si nosotras estamos bien, pero el niño no lo está?

Bien, obviamente, lo que influye en los niños no es exclusivamente el vinculo con la madre. También está la relación con el padre, con el resto de la familia extensa, en la escuela y con sus iguales.

Por lo tanto, si yo estoy segura que estoy ofreciendo a mis hijos un modelo educativo adecuado, donde no hay interferencias emocionales de ningún tipo que lo estropeen, es coherente pensar que los estímulos que están causando esa conducta disruptiva en nuestro hijo vienen desde otro lugar. En estos casos, recomiendo revisar esas relaciones y analizar qué está en mis manos poder cambiar y qué no.

Si no sabemos cómo hacerlo o creemos que no podemos hacer nada por cambiar, o no podemos eliminar ese estímulo negativo, por ejemplo, sabemos que el niño está mal porque la relación con la familia extensa no es buena. O incluso casos que está siendo maltratado o abusado por algún lado,  En esos casos es prudente pedir asesoramiento y orientación profesional para que nos guie y sobre qué es lo que podemos hacer nosotras para ayudarle.

Dejar exclusivamente en manos de profesionales la sanación emocional de nuestros hijos no solamente no es efectivo, sino que puede ser contraproducente.

Los niños para aprender necesitan sentirse seguros y tranquilos en su contexto de aprendizaje. Dicho en otras palabras, para que ese aprendizaje sea asimilado e interiorizado debe haber receptividad por parte de la persona que aprende.

 ¿Qué va a sentir un niño con una terapeuta que probablemente ni conoce o con quien no tiene ese vinculo de afecto y protección que por otra parte le debería proporcionar su familia o el entorno donde el crece y se desarrolla?

Y aunque el niño establezca esa relación de confianza con la terapeuta…¿Cómo va a funcionar la terapia, si allí se intenta que el niño se sienta bien y seguro pero en casa tiene experiencias y vínculos que le llevan a percibir lo contrario? ¿Cómo va a dejar de sufrir ese niño si vive en estas contradicciones?

Tengamos muy presente esto, por favor: observemos a los niños: cómo están, qué necesitan…pero también observémonos a nosotras porque a menudo, y hablo con conocimiento de causa, es allí donde esta la respuesta.

Si tienes miedo que tus hijos estén sufriendo y no puedes o no sabes qué hacer, busca ayuda.

Ayuda para ti y ayuda que te permita aprender a acompañarles a ellos.

Eso es lo que necesitan nuestros hijos.

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